Tan jóvenes y la pena / Millanes Rivas
BRUNA. Llegué aquí huyendo. Y si vuelvo de nuevo a casa, ¿no lo estaré haciendo otra vez?
ARGENIS. Tú morirás huyendo, Bruna. Porque es tu manera de entender el camino: vas dejando atrás cada conquista. Todo lo que tienes lo sueltas. (p.243)
Cuando Ernesto besó a Teresa por primera vez la convirtió en una adulta. En su beso iba un contrato imparable: matrimonio, piso con hipoteca, hija con familia desestructurada. Para Teresa, Ernesto sería el fantasma de la adultez que llega y te arrastra para dejarte tapaditos, bajo una manta de polvo, todos los sueños que han sido la combustión de una a lo largo de una vida. A diferencia del de Ernesto, el beso de Bruna supuso un terremoto por sus piernas que resquebrajó los últimos años y la llevó hasta la adolescencia. Bruna no besó a la Teresa que conoció en el pueblo, besó a la actriz, a la Adela, a la Elena, a la que salió de casa de sus padres con ganas de vivir una juventud que se le quemó al primer cruce con un hombre. (P.182)
Era agradable estar en Zafra, bajo los balcones de rosas y geranios de colorines, por esas calles que son como de convento. Pero a su vez había algo de descabellado. En poco tiempo, Bruna había dejado la vida de los escenarios y estaba paseando por el sur junto a una casada con ánimo de viuda y junto a una hija con ánimo de huérfana. Dudó Bruna esa semana si pedirle permiso a Teresa para que las acompañara Argenis. Tristán trabajaría el sábado, pero al menos Argenis habría sido una compañera ideal (...) y Bruna se tuvo que clavar las uñas para soportar la mala conciencia por no querer invitarla, por querer vivir esa experiencia sin sus compañeras. Ya era mucho tiempo recorriendo el camino junto a Argenis y Tristán, y ahora quería quedarse algo para sí, por pequeño que fuera, como el pensamiento <<las calles de zafra son como de convento>>. (P.175)
José se había ido, Tristán siempre estuvo ido; Bruna y Argenis se habrán ido. Ahora Angustias y Tristán podrán quedarse. Quedarse requiere que no haya futuro, significa que la inmanencia pesa sobre las trascendencia, como cuando Tristán se drogaba y entonces no había un después, solo se quedaba ahí y entonces. En esos momentos, cuando uno consigue quedarse, es; quedándose en el pueblo, Tristán sería. Y quizá, cuando fuera, vencería al miedo y la soledad. ¡Vengan los demonios, es la única forma de hacerlos ir! (p. 130)
TRISTÁN. Eso. Pero en la costa (a Bruna), que tú llevas el mismo mal que todas las que nacéis cerca del mar, que necesitáis volver a él una y otra vez.
(...)
TRISTÁN. Estoy bromeando, no te preocupes. Ya verás Bruna, que lo primero que va a oler por las mañanas no va a ser el café como en nuestra casa, sino la sal. Porque en los pueblos del Atlántico huele mucho a sal, se huele el mar desde lejos, y las pieles tienen como otra textura. (p.286)
(poner págs 100-102 y fragmento revuelta de las mujeres del pueblo)
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